In memorian: Manuel Celimendiz Gil

ManoloEn el día de Navidad, recién nacido el Señor, se ha ido Manolo. En la cofradía de la Siete Palabras y el Silencio, la de los escolapios, no hacía falta ponerle apellido. Creo que no exagero si afirmo que tampoco era necesario entre todos aquellos vinculados de una u otra forma a la Semana Santa de Logroño. Quién lo iba a decir: él, que era de Zaragoza, ¡tan de Zaragoza!, ayudó a hacer grande la Semana Santa de Logroño. Enamorado de sus tambores aragoneses, siempre estuvo al lado de la banda de la cofradía, de su banda; aunque nunca tocó ningún instrumento que yo sepa. Devoto de la Virgen del Pilar, portó sobre sus hombros al Cristo de los Escolapios, a la Virgen de Valvanera y a la de la Esperanza. Hombre incansable, por sus manos pasaron los hábitos verdes de todos los cofrades, los faroles y las palmas de los chiquitines, los estandartes, las cruces. Siempre que la cofradía iba a cualquier lugar, allí estaba Manolo. Representó a la cofradía en todas las procesiones de Logroño (sobre todo en las del Domingo de Ramos) y en buena parte de las de La Rioja y en las de cualquier lugar de España al que nos invitaran. Estuvo presente en casi todos los Encuentros Diocesanos y era fijo en las Asambleas de la Hermandad. No tuvo cargos porque no los quiso y porque no le hacían falta. Lo suyo era echar una mano, quitándole importancia; aunque la mayor parte de las ocasiones la suya era una de las manos más grandes.

Veterano de Telefónica, bromeaba diciendo que había entrado en todas las clausuras para poner las centralitas. Y nos reíamos con él. Aficionado al aeromodelismo, construyó y voló drones antes incluso de que les pusieran ese nombre. También ahí dejó su marca, colaborando y presidiendo la federación durante tanto tiempo. Dotado de una memoria increíble, nunca olvidaba un nombre o un parentesco. Devoto de San José de Calasanz, antiguo alumno de las Escuelas Pías de Zaragoza, padre de alumnos en las Escuelas Pías de Logroño, dedicó al colegio muchas horas de su vida y la Orden se lo reconoció otorgándole su Carta de Hermandad. Pero sobre todo ello, fue un hombre de su familia: marido, padre y abuelo.

Podría contar mil anécdotas. Pero no es momento ni lugar. Irán saliendo en la conversación, cuando podamos recordarle sin lágrimas. Hoy es imposible. Manolo, nuestro Manolo, se ha ido. Rápidamente, sin hacer ruido. Aunque sus hijos son dos y dos también sus nietos, sus huérfanos somos muchos más: todos los que formamos parte de la cofradía de los escolapios. Manolo, amigo mío, descansa en la paz del Señor.

Javier Pérez Delgado
Hermano Mayor


Cofradía de las Siete Palabras y el Silencio.
Escuelas Pías. Logroño.

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