Primer domingo de Adviento 2015

1er_dom_adviento_vela1Evangelio: (Lc 21, 25-28. 34-36)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. 

Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Comentario: Al comenzar un nuevo año litúrgico hacemos el propósito de renovar nuestra ilusión y nuestra lucha personal con vista a la santidad, propia y de todos. Nos invita a ello el Evangelio de hoy en el que Jesús nos recuerda la necesidad de estar siempre preparados. Benedicto XVI nos lo recordaba al comenzar el Adviento de 2012, último de su pontificado: «A esto nos llama hoy la Palabra de Dios, trazando la línea de conducta a seguir para estar preparados a la venida del Señor. En el Evangelio de Lucas, Jesús dice a sus discípulos: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez … Estad en vela orando en todo tiempo“. Por lo tanto, sobriedad y oración. Y el apóstol Pablo añade la invitación a “progresar y sobreabundar en el amor” de unos con otros, y para con todos para que se consoliden los corazones con santidad irreprochable ante Dios. En medio del desorden del mundo, o en los desiertos de la indiferencia y del materialismo, los cristianos acogen de Dios la salvación y la testimonian con un modo diverso de vivir, como una ciudad colocada sobre un monte. La comunidad de los creyentes es signo del amor de Dios, de su justicia que ya está presente y operativa en la historia pero que no está todavía plenamente realizada, y por lo tanto es siempre esperada, invocada, buscada con paciencia y valor.

La Virgen María encarna perfectamente el espíritu del Adviento, hecho de la escucha de Dios, de deseo profundo de cumplir con su voluntad, de gozoso servicio hacia el prójimo. Dejémonos guiar por ella, para que el Dios que viene no nos encuentre cerrados o distraídos, sino que pueda, en cada uno de nosotros, extender un poco de su reino de amor, de justicia y de paz».

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